Qohélet (Eclesiastés) es el libro que se lee en Sucot (la fiesta de las cabañas), completamente acorde con el signficado primario de la Sucá (la cabaña), como la vida fugaz. Ser pasajeros en este mundo es una de las premisas proféticas más significativas relacionadas con la vida cotidiana: la vida diaria representada en los afanes del trabajo y la imposibilidad de disfrutarlo, así como en la búsqueda del conocimiento y el placer. La vanidad corona la vida cotidiana con estos afanes.
La premisa profética de la que hablamos es precisamente el leit motiv del libro: “vanidad de vanidades, todo es vanidad”; todo, pues, lleva al vacío; la experiencia cotidiana de búsqueda del bien personal es infructuosa. De tal manera, que en la brevedad de esta vida es mejor pensar en el día de la muerte y es mejor tener temor de Dios en todo lo que se hace porque al fin, de todo lo que hicimos seremos juzgados.
El Midrash Qohélet Rabbah identifica las siete veces en que Qohélet dice “vanidad de vanidades” con los siete días de la creación. ¿Qué tiene que ver esto con los últimos tiempos? Decimos que el Principio siempre está relacionado con los días postreros: cada día, recptáculo de los elementos creados tiene en la Escritura el momento de su final. Así,
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra” pero también “los cielos se disiprarán como humo y la tierra se deteriorará cual vestido”; con respecto al segundo: “que haya un firmamento”, pero también que “los cielos se arrollarán como un libro y todo su ejército se marchitará”; con respecto al tercero: “que se reúnan las aguas”, pero también que “el Señor destruirá la lengua del mar de Egipto; con respecto al cuarto: “haya lumbreras en el firmamento de los cielos”, pero también que “la luna se sonrojará y se abochornará el sol”; con respecto al quinto “, “rebosen las aguas (de seres vivos y que las aves aleteen sobre la tierra”, pero también “aniquilaré todo (…) aniquilaré las aves de los cielos y los peces del mar”; con respecto al sexto, “hagamos al hombre”, pero también “aniquilaré hombres y bestias”. Y con respecto al séptimo, al sábado, ¿qué vas a decir? –”quien lo profane, será muerto” –esto último se dice del que actúa consciente de obrar mal, pero el hombre que actúa mal de forma inadvertida, deberá ofrecer un sacrificio para que se le perdone–. (QR I 2.2.2.)
Esta interpretación de R. Yehudáh ben R. Shim’on nos recuerda que ciertamente “todo es vanidad” y que hasta la misma creación pasará por un juicio que le llevará a la destrucción, considerando hasta el mismo ser humano. Isaías, de donde también se sacan todas estas referencias de juicio contra la creación, habla también de una nueva creación (Is 65:17 e Is 66:22), de donde Kefa extrae la forma final del sentido de la esperanza que solamente tienen los justos y los que se mantienen firmes haciendo que la luz abunde en ellos más que la natural oscuridad:
Pero nosotros esperamos, según Sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia. (2Pe 3:13)
En el rezo de Rosh Hashaná se ruega por que se abran las puertas del bien, de la paz, de la misericordia, de las lluvias, etcétera. Abrir las puertas significa entrar en esa dimensión por la que se ruega. Las puertas son las de una ciudad; puertas donde se encuentra la seguridad de una ciudad fortificada; con guardianes, con ciudadanos que se identifican unos a otros por algo en común: la salvación, la santidad.
Pero en Yom Kippur se cierran las puertas.
En Yom Hazikarón se abren los libros, pero en Yom Kippur se cierran, una vez escritos definitivamente los nombres. Yom Kippur es el momento en que se da el veredicto y no hay más tiempo. No habrá más profecías; más reprensiones ni advertencias. Ni siquiera se prestará oído a los ruegos de los que, cuando tuvieron la oportunidad de abandonar la hipocrecía y la autocomplacencia, siguieron en su necedad.
Hagamos caso a la advertencia, que Rabí Yeshúa enseñó: “después que el padre de familia se haya levantado y cerrado la puerta, y estando fuera empecéis a llamar al a puerta, diciendo: ‘Señor, Señor, ábrenos’. Él respondiendo os dirá: ‘No sé de dónde sois.’” (Lc 13:25) Ese día será como un Yom Kippur, de la verdad que Di-s ha hecho con la expiación de Yeshúa.
Esta semana es Yom hazikarón, la fiesta del recuerdo, llamada también, Rosh Hashaná, y en la Biblia Yom Teruáh. En el rezo se dice lo siguiente:
Y en Tus escrituras santas está escrito: “Hizo memorial para Sus maravillas, pues lleno de gracia y misericordioso es el Eterno”. Y está escrito: “Otorga alimento a aquellos que Le temen, y recordará para siempre Su pacto”. Y también está escrito: “Recordó para ellos Su pacto y cedió conforme a Su abundante misericordia”
Rezo de Musaf de Rosh Hashaná
Después, otros versículos de los profetas son citados en relación al recuerdo de Di-s respecto de Su pueblo,
para que sea recordada delante de Ti nuestra memoria y la memoria de nuestros padres; la memoria de Yerushaláyim, Tu ciudad; la memoria del Mesías hijo de Tu siervo David y la memoria de todo Tu pueblo, la Casa de Ysrael; para rescate, para bien, para gracia, para bondad, para una vida buena y para paz, en este Día de la Remembranza (Yom Hazikarón), en este día de festividad, en este día de santa convocación, a fin de tener misericordia de nosotros y otrorgarnos la salvación.
Este recuerdo por parte de Di-s se busca a partir del ruego, y éste es finalmente por la salvación. De ahí que, antes y después de tocar el shofar, se mencionen versículos recordando delante de Di-s -como una justificación del ruego mismo- las promesas de Di-s y Su pacto con Israel. De hecho, se hace la remembranza del sacrificio de Ytzjak (Isaac): “Recuerda hoy la prueva de Ytzjak en favor de su descendencia”. Y se añade: “Bendito eres Tú, Eterno, que recuerda el pacto” (musaf de R.H.). Después, se toca el shofar…
Las alucionas al sonido del shofar son evocaciones de la salvación de Di-s en los últimos días, cuando reúna a Su pueblo en la tierra de Israel y muestre al mundo su elevación después de toda vergüenza.
Recuerdo para nosotros de nuestra insuficiencia para alcanzar la justicia, el bien, la rectitud, la paz, y que sólo el Mashíaj nos puede dar. Como un sonido de shofar es la voz del Señor; Él reunirá a Sus exiliados de los confines de la tierra. Será el día en que venga Adon Yeshúa, el Día del Señor, temible.
Oír el shofar es oír la advertencia de que vendrá el Juez del mundo, y que no hay quien escape de Su juicio; que debemos humillarnos, y desde nuestra humillación, voltear a los Cielos, al Eterno, y rogar por Su misericordia, que recuerde Su pacto, Su nuevo pacto en la sangre del Mashíaj para que seamos, el Yom Kippur, inscritos en el libro de la vida, porque llegará el momento en que acciones que realizamos hoy serán pesadas y sólo para algunos -que crean fimemente en Él y hayan sido fieles a Su testimonio- habrá abogado “para con el Padre, Yeshúa HaMashaij HaTzadik” (1Yn 2:1).
“Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo” (1Tes 4:16a).
Revisando la estructura del Beit Hamikdash, el templo, sabemos que antes del lugar santísimo está el lugar santo. Lugar oscuro, cuyos instrumentos el único que nos deja ver su misterio es la menoráh (candelabro) de oro.
Este candelabro forma parte de los utencilios de adoración, junto con la mesa de los panes de la proposición y el altar del incienso. Cada uno de estos instrumentos está aconpañado de elementos perecederos que necesitan renovarse y que son producto del trabajo humano: el aceite de olivares, el pan y el incienso, respectivamente.
Es, pues, muy significativo que, del diseño inspirado por Di-s (de cada instrumento), esté el trabajo constante para echarlo a andar. o bien, darle sentido. Los panes se realizan con rapidez y relativa facilidad y se relacionan con las necesidades primarias del sustento y la supervivencia. Esto queda demostrado cuando David va con sus guerreros al templo y Ahimelec le dió de los panes de la proposición, cuando ellos venían huyendo de Saúl. Yeshúa mismo recuerda esto a los fariseos que lo acusaban de no respetar el shabat, día del reposo del alma y, por lo tanto, de su sustento.
El incienso necesita el trabajo de extracción de la resina de un árbol. Debía ser continuamente renovado. Y quemado, por supuesto. Por su fragancia representa las buenas obras como adoración a Di-s; la alabanza de una vida justa.
La menorá es el alto recipiente para el aceite del olivo, cuya extracción y proceso es mucho más sofisticado que el pan y el incienso. El papel que represena el aceite como combustible es único: es la sola luz del cuarto santo. La luz que se desprende del candelabro tiene diversas funciones. Evidentemente, representa la palabra de Di-s que es lumbrera al camino humano (Sal 119:105). Pero también es la verdad, como en Mt 5:15.
Tenemos, pues: vida dependiente de Di-s (sustento; el pan), vida justa (incienso, como adoración a Di-s) y vida santa (olivo y luz como sentido de la verdad.)
Digamos finalmente que el lugar santo lo es por los instrumentos que alberga como recipientes y, por el fruto recibido que requiere del trabajo para ser obtenido. De alguna forma, los tres frutos están relacionados: uno es fruto de la tierra (pan), otro del árbol (olivo) y el último de la corteza de un árbol (incienso). Representan tres aspectos de la vida humana: de lo necesario al refinamiento. Para que un seguidor del Señor termine siendo luz, debe madurar para ser ofrenda; pasar por pruebas que lo lleven a la justicia y, finalmente, ser luz en las tinieblas haciendo públicas, es decir, encarnando como servicio a otros, las palabras del Señor. Frutos que van de la madurez a la santidad.
En la carta a los Romanos, cap. 11, el rabino Shaúl habla que el no judío es injertado en el buen olivo, que representa a Israel fiel al Eterno, así como de los judíos reinjertados en la fe del Mashiaj Yeshúa. Bien. Pero hay una parte esencial que atañe a nuestro día a día:
Si las primicias son santas, también lo es la masa restante; y si la raíz es santa, también lo son las ramas. (Ro 11:16)
Y es que el ser injertados, como lo plantea R. Shaúl, significa estar situado en el lugar por donde corre la savia del patrón (la planta, el árbol) en donde hemos sido introducidos. Si la savia del olivo no corre por el injerto, entonces debe ser cortado y puesto en su lugar otro. Así ha pasado y así seguirá siendo. Por eso la santidad que corre por el olivo debe correr igualmente por el injerto hasta que éste no sea ya más silvestre, sino que sea parte del buen olivo como si hubiera nacido de ahí.
La forma en que esto ha se der explícito es cuando da su fruto. No basta, pues con pertenecer al buen olivo, sino que uno ha sido injertado ahí para dar un fruto. Éste es el resultado de su incersión. El fruto, conforme a la savia que corre y así como R. Shaúl lo entendió, es la santidad.
Debemos comprender que este es el propósito de todo injerto: formar parte del patrón y crecer para dar fruto. Así, esto coincide completamente con el orden de las moadim (fiestas) bíblicas en las que se sitúa la vida espiritual: de Pésaj a Shavuot (pascua a pentecostés) se espera que madure el grano de cebada para ser recogido en esa segunda fiesta.
Lo mismo podemos decir del creyente: una vez formando parte del pueblo de Di-s, por medio de la fe en el sacrificio del Mashiaj, se espera de él que crezca y madure para dar su primer fruto. ¿Cuál es este primer fruto? Veamos la fiesta: Shavuot, hacia la cual nos aproximamos. Fiesta en la que se recoge la cebada, pero que conmemora igualmente la entrega de la Torá en har Sinai, la Ley. Esto es, el compromiso con Di-s, como un compromiso de bodas.
El fruto, resultado del crecimiento del creyente (en la fe, practicando misericordia, justicia, rectitud, etc.) es el compromiso con el Di-s que lo sacó de Egipto (la esclavitud y el pecado). ¿No es por eso que comienzan las diez palabras (10 mandamientos) con estas: “Yo soy Adonay tu Di-s que te sacó de la tierra de Egipto” (Éx 20:2)?
Pesaj (pascua) es la primera fiesta, después del shabat, que inaugura el año sagrado. Con ella nacemos para ser un pueblo para Di-s. El Di-s de nuestros padres, de aquellos que comparten la promesa del Deseado, el que vino y vendrá a juzgar a la tierra.
Pesaj nos cuenta algo que ya sucedió y lo recordamos para anclarnos a la realidad de nuestra condición actual; quienes hemos creído somos nuevas critauras en el poder del Mesías.
Israel salió de Egipto, a pesar del poder egipcio. Israel ha escapado de sus enemigos, aunque con fuertes padecimientos, y sus enemigos son finalmente capturados, eliminados. En el seder de Pesaj cantamos “lefijaj”, diciendo:
“pues no se levantó sólo uno para exterminarnos, sino que de generación en generación se levantan para matarnos”
No hace falta evocar los acontecimientos históricos del siglo veinte para recordar esta tremenda verdad. Hoy mismo el pueblo judío sufre persecusión en Argentina, y en varios lugares del mundo se obra violencia en su contra. En Europa y el continente americano, las noticias sobre el Medio Oriente muestran a un pueblo judío injusto contra los palestinos; sin escrúpulos, combatiendo estúpidamente por una tierra que “no es de ellos”.
La mala fama sobre el pueblo de Israel siempre está acompañada de suma ignorancia e intereses judeófobos. Sin embargo, no puede decirse que el pueblo judío es un pueblo santo. Por ello mismo Di-s, en Su Palabra menciona al remanente. De todos aquellos que padecen el mal, unos quedan, quebrantados y en ellos el Señor edifica de nuevo. Por ello podemos cantar junto a ellos:
“pues no se levantó sólo uno para exterminarnos, sino que de generación en generación se levantan para matarnos;
y el Santo, bendito sea Él, nos libra de sus manos”
¿Cuál es el mérito de Israel para ser liberado? Ninguno, pues se cata en el Seder el salmo 115 que comienza: “No a nosotros Adonay, no a nosotros sino a Ti sea dada la gloria”.
Finalizando este shabat comienza Purim, la fiesta que celebra la liberación del pueblo hebreo de manos de Amán, su enemigo. La historia es bastante conocida y sus elementos profundos para hacer una revisión de nuestras vidas en relación a los últimos tiempos.
Comenzando por el hecho de que el día de la fiesta es el 14 de Adar, cosa en común con Pésaj (pascua), llevada a cabo el 14 de Nisán; ambos, días de liberación. Si bien, una más grande que la otra, pero sin las cuales el pueblo judío hubiera continuado su existencia.
En una, en Pésaj, Di-s actúa de forma extraordinaria; el faraón es retado en su insulso poder y Di-s es magnificado en la inutilidad e indefención del pueblo esclavo, además, ridiculizando a la potencia más grande de su tiempo.
En el rollo de Ester está el silencio de Di-s, en cuanto a los portentos y la grandeza de Su mano. Su diestra está callada, y escondidos a los ojos del ser humano Su poder. Como Sus pensamientos, demasiado altos para las grandilocuencias humanas; muy desconocidos para las simplezas del hombre.
Es ahí donde prueba a Su pueblo. Las maquinaciones de Amán se disuelven ante la rectitud de Mordejai, a quien debe pregonar como amigo del Rey, frente a todo el pueblo, jalando el caballo real. Esto demuestra que la fidelidad (la fe) y la rectitud llevan a la justicia. Mordejai jamás se amedrentó aún cuando lo amenazaron de muerte por no postrarse ante Amán públicamente.
En ningún momento se menciona el Nombre de Di-s en el libro, pero el corazón de Ester actúa y Mordejai no deja de ser recto hasta la muerte. El pueblo entero ayuna, y el ayuno ha de entenderse como un acto de arrepentimiento y de búsqueda profunda de Di-s ante la muerte: el ayuno, el dolor en el que obramos, en común acuerdo, el enfrentamiento con nuestro pecado. También el ayuno como cercanía a la muerte, pues es mejor morir que ser alejados de la presencia del Altísimo.
En 14 de Adar Di-s liberó, una vez más a Su pueblo, para seguir viviendo y ser testimonio de Su Nombre ante las naciones. Hoy, ¿eres un liberado del Eterno y piensas que tu existencia está hecha para continuar brindando testimonio más allá de tu satisfacción personal y proyectos ante la vida?
En la haftará del 1er. día de la Fiesta, se lee Zac 14 por entero, que nos recuerda, nada más ni nada menos, que el temible y terrible día del Señor viene. Se agrega que todas las naciones subirán a Yerushalaim a celebrar Sucot. Se habla de una plaga que nulificará los sentidos y las fuerzas de los que arrasaron con Su pueblo. Los rebeldes no recibirán la lluvia, esa grandiosa bendición que es la vida en Di-s, y, en cambio, deducimos, se volverán profundamente rencorosos.
Todos habrán de salir de sus casas, el lugar de su seguridad y la conformación ambiental de su identidad.
Salir de nuestra casa para habitar en la sucá significa renunciar a nuestro estilo de vida y confiar en Di-s, cosa imposible si no nos reconocemos al lado de los “publicanos y pecadores” que comían con Yeshúa. Imposible si, al creer que estamos bien en todo, o en algo, nos hacemos, sin que se nos presente como malo, ricos: prudentes en nuestra propia opinión. Por eso el Señor advierte en Apocalipsis que somos, realmente, desventurados, miserables, pobres, ciegos y desnudos.
El que no sólo reconoce esto, sino que se vuelve de ello con todo su corazón y practica la rectitud, sólo él, puede depender de Di-s, salir de su casa, dejar su identidad mundana y hacerse, por gracia, de la familia de Di-s. Sólo aquél puede acceder a la alegría de no tener nada en sí mismo que lo haga justo, bueno ni grande, sino el Espíritu del Eterno Di-s. Ése es el mandamiento, ése es el don de la Fiesta: “Estarás verdaderamente alegre” (Deuteronomio 16:15).
“Éste es el día que hizo Adonay; nos gozaremos y alegraremos en Él” (salmo 118:24). Hoy es Sucot.
Durante el mes de Elul, último mes de este año, el creyente debe tener un espíritu de arrepentimiento. Hacia la teshuvá está el camino de la humillación y en ésta van las fuerzas propias: la confesión de la torpeza propia para hacer lo bueno, la conciencia de que no tenemos méritos para refrenar el mal que pueda venir en nuestra contra o la condena por la transgresión de nuestros desvíos.
Negarnos a nosotros mismos, es la forma más concisa de decirlo.
“Pecado” tiene en su raíz antigua la edificación de un muro que no sólo separa terrenos o dispone límites, sino que impide pasar al otro lado del muro. De hecho, impide salir también. Es el principio del ostracismo del mal.
Sólo existe una forma de romper la sofocación -no es casualidad que en la Biblia el hombre que peca e insiste en el pecado es como un enfermo que se acerca a la muerte-: emprender el camino de regreso, allí de donde el muro que hemos impuesto nos ha desviado. Para regresar, pues, hay que romper el vallado. ¿Quién es consciente de sus propios errores como para derruirlos? ¿Quién está incómodo con el muro que acaba de construir como para derribarlo de nuevo, si de pronto es esa separación lo que delimita nuestro parecer, nuestro camino, nuestra independiencia de vivir como mejor nos place y entender como mejor podemos, la vida?
¿Quién?
Hay que odiar ese muro para destruirlo. Hay que conocer cuán morboso es para nuestro impulso vital, para lo que nos conforma como personas. Hay que reconocer que nos hemos desviado y no nos ha servido de nada. Hay que ver que somos esclavos del pecado. Y si hemos sido libertados de eso, hay que reconocer que también, comúnmente andamos conforme a nuestra prudencia propia, y caemos. No somos hombres y mujeres justos, piadosos, ni que buscan a Di-s.
Hay que volver al Camino. Hay quien desconozca cuál es ese principio. Por eso judíos deben volver; gentiles deben cambiar su dirección y andar el camino de vuelta que conoce el judío piadoso: humillarse uno mismo, delante de Di-s, de quien hemos desechado la Verdad sobre nuestras acciones y Sus mandamientos.
Y en la gracia del Eterno, ser inscritos en el libro de la vida para un año más bajo Su poder y misericordia. Las selijot nos ayudan a entenderlo, que aún creyendo en Él, estamos alejados por nuestro propio yerro:
Otorga gracia a Tus hijos, quienes a Ti retornan, y llenos de pavor se paran ante Tu presencia. Temerosos están del momento en que son llamados al juicio; pues por eso vinieron, dolientes.
El Mesías vino como el maná del Cielo, el maná de Di-s. Acompañado por el rocío, Di-s mismo siendo este rocío que trajo el maná, como cuando Israel en el desierto; juntos como Abraham e Itzjak fueron rumbo al sacrificio, así el Padre y el Hijo, el Dador y el Enviado, el Eterno y la Promesa, Su Palabra, Su Poder, el Poder de Su diestra.
Él mismo descendió como el rocío para Israel y el mundo en Mashiaj. Siendo Mashiaj, Yeshúa HaNetzeret, el vástago de las raíces de Ishaí (mi Salvación, mi Di-s), Yeshuatí HaEl HaGadol.