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Nada nos convence: la era mesiánica, el Jafetz Jayim y los pasos del Mesías.

Llevar una conducta ejemplar nunca es sencillo; menos cuando no se tiene una razón especial por qué hacerlo. Ser una persona moral, actualmente, es visto como un aspecto retrógrada; hasta la palabra resulta chocante para algunos. Pero se trata de la preservación básica de la vida, como lo diría Emmanuel Lévinas, “la moral existe cuando el otro es un límite para mis acciones” (paráfrasis mía). Y tal vez cuando la moral es precisamente el límite de mis deseos y todo loq ue puede abarcar mi vista y mi corazón desenfrenado, es cuando más se hace impertinente a los oídos de la gente común.

En tiempos de angustia los comportamientos suelen ser tan dispares, que lo que pensamos que no haría el vecino que conocemos desde hace años, termina haciéndolo; los “incorruptibles” se hacen corruptos; los “bondadosos” se vuelven envidiosos; y a lo malo se le llama bueno y viceversa. Estos son signos de los tiempos finales; si bien siempre ha existido la ambigüedad de la conducta humana, los últimos días se caracterizan por la desvergüenza de la inmoralidad y la indolencia.

No es casualidad que Kefa (Petros) en su carta, mejor conocida como 2a. de Pedro, urja a considerar que la conducta que debe manifestar el creyente en Yeshúa sea marcada por la santidad. Este es un pensamiento muy judío. Aún lo encontramos en las expresiones mesiánicas de grupos como los luvavitchers y otros jasídicos que, a través de las buenas acciones, pretenden hacer llegar al Mesías. “¡Queremos al Mesías ya!”, es la frase escogida como estandarte de estas perspectivas. Frase engañosa, que enciende los corazones para adelantarse a lo que sólo Di.s ha determinado sin darlo a conocer.

Yeshúa dice: “lel día y la hora nadie sabe”, y con ello saltaba del tema menos importante al más importante. En otras palabras, no importa tanto cuándo viene el Mesías; importa más tu conducta en la espera de Su llegada, como si fuera a llegar hoy… Porque este “hoy” es, tanto la invitación que Di-s hace (Sal 95:7), como la advertencia sobre el día terrible de Di-s que los profetas anuncian. Kefa se hace eco del anuncio profético:

“Pero el día del Señor vendrá como un ladrón. En aquél día los cielos desaparecerán con un estruendo espantoso, los elementos serán destruidos por el fuego, y la tierra, con todo lo que hay en ella, será quemada. Ya que todo será destruido de esa manera, ¿no deberían vivir ustedes como Dios manda, siguiendo una conducta intachable y esperando ansiosamente la venida del día de Dios?” (2 Pe 3:10-12).

Y es que ni los discursos sobre el fin del mundo –ni el tiempo posterior a este– convencen a nadie para comprometerse en una conducta intachable. Sólo la palpable relación de perdón que hace Di-s cuando una persona se reconoce verdaderamente digna de muerte por sus acciones y su vida, tal y como la ha llevado hasta ahora. Muy cercano a esta sensibilidad, el Jafetz Jayim (Rabí Israel Meir Hakohen) señala:

Incluso las almas de individuos piadosos, que creen seriamente en el concepto de recompensa y castigo, no se emocionan losuficiente como para arrepentirse.

La causa de lo antedicho es que las emociones de la persona se despiertan solamente por lo que ve pero el futuro es difícil de visualizar. Más aún, el instinto del mal engaña a la persona haciéndole imaginar que vivirá miles de años, y por lo tanto no hay necesidad acutalmente de pensar en esas cosas.

Por eso, el temor al aparentemente lejano Día del Juicio no es fuerza disuasiva suficiente para impedir que la gente transgreda los preceptos de Dios. Por lo tanto el Sabio nos propone que intentemos visualizar el futuro, para que nos disuada de la transgresión.

(Torat Habait, cap. 1)

Esto es justamente lo que escribe Kefa: “Por eso hermanos, mientras esperan estos acontecimientos, esfuércense para que Dios los halle sin mancha y sin defecto, en paz con Él” (v. 14). En el versículo 12, as palabras griegas para “esperando ansiosamente” significan, cada una, “aguardando la llegada de alguien”, y “premura” o “desear ardientemente”, respectivamente. Esta combinación representa la actitud y la conducta. La espera de la venida del Señor es vivir en santidad (apartados de la dirección en la que el mundo se encamina actualmente), “sin mancha y sin defecto”, aludiendo a la pureza sacrificial de los animales para ese propósito; y el deseo ardiente es vivir “en paz con Él”, lo que representa una vida que no comete pecado.

Entonces, podemos hacer caso de las advertencias sobre los últimos días, tan ciertos, como tan presente es hay la resurrección del Mesías. Este mismo carácter judío de la exhortación hacia una vida de completo compromiso con los mandamientos y las promesas de Dios en la Torá, es lo que nos hace oír a Kefa y a Yeshúa detrás de las palabras del Jafetz Jayim, en una encuentro intertextual en el tiempo:

Por lo tanto hoy, más que nunca, debemos fortalecernos. Debemos atesorar nuestros días y años y no gastarlos en vano. Encontramos en Sanhedrín (98b): “Le preguntaron a Rabí Elazar hagadol: ‘¿Qué puede hacer una persona para salvarse de los sufrimientos de la era mesiánica?’ Él respondió: ‘Debe dedicarse a estudiar Torá y hacer actos de misericordia’.

Sabemos por todas las indicaciones que aparecen en el capítulo Jelek (Sanhedrín) y en el último capítulo de Sotá, que estamos viviendo en una época llamada Ikveta D’Meshijá, los pasos del Mesías. Sería adecuado que intensificásemos esfuerzos físicos y espirituales e incrementar nuestro estudio de la Torá para no perder el tiempo.

(Zajor LeMiriam, cap. 11)


¿Anuló Di-s las sentencias o los mandamientos?


Shabat

Cargado originalmente por Kol Shofar

Opiniones. Todos las tenemos. ¿Qué opinamos sobre las cosas de Di-s? Eso puede ser peligroso. No porque nuestra “opinión” vaya a cuestionar algo de la Escritura que vaya a derrumbar nuestra fe, sino porque esa opinión puede estar cargada de prejuicios, expectativas y hasta errores.

Las opiniones suelen ser expresiones subjetivas, pero no son verdades últimas. Por eso debemos cuestionar nuestras perspecti vas. Quisiera pues, sugerir que en lugar de preguntarnos qué opinamos sobre algunas cosas de Di-s -y me gustaría introducir a propósito el tema del shabat-, deberíamos preguntarnos si nuestra opinión puede tener cabida en esas cosas.

Por ahí, pueden encontrarse quienes defienden el hecho de que un creyente -gentil o judío- en Adon Yeshúa debe respetar el guardar el shabat. Otros, no. ¡Y ambos usan las Escrituras para justificar su perspectiva! ¿Qué podemos decir; que la Biblia se contradice; que se contradicen sus intérpretes; que ambos tienen razón?

¿Podríamos llegar a una interpretación que no sólo nos convenza sino que sea clara? Por ejemplo, es interesante preguntar: ¿si el shabat es uno de los diez mandamientos, es que ése entre los diez es único para Israel, de tal manera que en el nuevo pacto en la sangre del Señor hace que actualmente sean nueve?

Respetemos los diez…, perdón, los 9 (!) mandamientos. Supongo que les suena raro. Bueno, digamos: son diez, no vamos a borrar el del sábado, pero en nuestro interior vamos a dejarlo para después -o como dicen en Monterrey: sordearlo; ocultarlo, ignorarlo voluntariamente-. O justificar su anulación…

Vayamos al grano: si el shabat, a pesar de su existencia primera, no fue como tal instittuido hasta la entrega de la Ley en el Sinaí, siendo un mandato muy peculiar, ¿ex exclusivo de Israel por tratarse de formar parte de la Ley?

Unos usan Colosenses 2:14 para decir que el shabat está abolido. El texto dice: “anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz”. Si por esta acta entendemos la Ley, nos equivocamos. Se refiere al acta “de los decretos que había contra nosotros”, es decir, que nos condenaban.

O sea: Di-s quita la condena para los que están verdaderamente en el Señor. Pero no quita el mandamiento… Rav Shaúl habla de decretos de condena, no de mandamientos. El mandamiento adquiere su valor total en Yeshúa, de tal manera que su comprensión es fundamental para conocer la posición del creyente.

Ahora bien, ¿es el shabat contrario al hombre? O lo es la condena de no guardar el shabat. El shabat es, de hecho, bendición: la primer gran bendición del shabat es que es reposo. ¡El modelo primordial del reposo! ¿Es el reposo contrario al hombre?

Otra bendición del shabat es su sentido de libertad en el Señor. ¿Es esta libertad contraria al hombre? Otra más es el sentido de arrepentimiento; de negación de uno mismo; de sustento; de recepción de la salud y salvación de Di-s… Y aún más. ¿Es todo eso contrario al hombre? Obviamente no. Por lo tanto, no es el shabat lo que se anula, sino la condena que conllevaba el hecho de no haberlo guardado.

Y qué, pues, ¿no debemos guardar la libertad, la negación de uno mismo, la dependiencia hacia Di-s por esl sustento, el arrepentimiento y el haber recibido la salud y la salvación de Di-s? Éso es, pues, el shabat.

Además, el shabat representa también el fin de todas las cosas, y entendido desde la fe en Yesúa HaMashiaj, es el fin del poder del mundo, de la carne y el diablo sobre el que es libertado y redimido por el Señor.
(¿Y qué hay del 7o. día?. Ver Shabat Kodesh 1 en la sección llamada Shabat)


Después de Shabu’ot

A la entrega de la Ley, la revelación más delicada y vital, sigue la vida de un hombre nuevo que debe sobreponerse a su condición temporal mediante el instrumento eterno que le fue entregado. En la Torá, la revelación de boca de Di-s y en el B’rit Jadashá, la vida renovada por medio del poder del Di-s Viviente.

Sobreponerse significa una brega. Bregar, es ya, a través de la revelación, ser astuto como serpiente y manso como paloma. Inteligencia, destreza para hacer la obra del poder de Di-s en el que cree; mansedumbre para demostrar que ese poder sigue otras leyes que las que los hombres esperan en cuanto a la justicia, la verdad, el bien.

Bregar, haciendo morir al viejo hombre y vivir en el poder divino para que Él manifiesta Su grandeza. Pero las cosas no giran tan convenientemente. Israel hizo el becerro de oro y se quejó. El viejo hombre surgió y trató de devorar al nuevo, para ser terminado por los que guardarían la ley, los levi’ím.

Los levitas son, pues, el hombre nuevo. Moisés y sus hermanos, los que sobreviven o, mejor, se sobreponen a la desviación, le representan. Ahora bien. Moisés regresa para decepcionarse. Pone el orden y regresa a Di-s, una forma extraordinaria de ver cómo la prefiguración del Mesías en él está en llegar desde lo alto para descubrir el pecado, terminarlo e interceder por el nuevo hombre que ha caído. Y finalmente regresar el Día del Perdón.

Mientras, 40 días más en espera del regreso de Moisés, el pueblo busca arrepentirse, tal y como es entendido por la tradición hebrea. No es casualidad que cuando se habla de la venida de Yeshúa, se hable de ser diligentes en el amor y la abundancia de buenas obras antes de Su regreso. Él mismo dice: “Cuando venga el HIjo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?”

Fe = fidelidad. Pedro urge a corregir nuestra vida y alejarnos del mal; a tener un comportamiento ejemplar. No habla de destacar por encima de otros, ni en conocimientos, estirpes, éxitos, capacidades personales, logros, etc. Habla de buenas obras y de obediencia, sometimiento a Di-s. Habla de vivir el Reino de los Cielos. Yeshúa lo promete: “recibiréis poder”. Éste, para andar conforme a los caminos de la Verdad, encontrados en escritura tan antigua como el Tanaj.


La familia y el día del Señor

Familia judia por C.W. Eckersberg (s. XIX)

Familia judía por C.W. Eckersberg (s. XIX)

Mientras en nuestros tiempos la familia ha formado parte de un discurso desgajado de su autoridad en todos los niveles (religioso, educativo, teórico, etc.), la Biblia hace permanente en valor de la misma como motivo de salvación. No existe definición de familia en la Biblia, pero hallamos su importancia cultural en el pueblo hebreo y que es fundamental para la transmisión de la enseñanza de lo espiritual.

En la familia se guarda el testimonio de Yeshúa. La relación semántica que guardan los conceptos de cada integrante de la familia nos dan la clave de cómo Di-s la concibe. En la medida de esta interpretación la familia que Di-s concibe tiene como propósito la preservación y transmisión de la santidad y es en ella donde se enfoca la atención del profeta Malaquías en su breve capítulo 4, del cual citamos:

He aquí, Yo os envío al profeta Elías, antes que venga el día de Adonay, grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que Yo venga y hiera la tierra con maldición. (vss. 5-6)

Esta profecía focaliza sobre el arrepentimiento. “Hacer volver” es justamente lo que significa. En la tradición hebrea la figura de Elías, como lo vemos aquí, está fuertemente conectada con la llegada del Mesías. En este caso, con Su venida al final de los tiempos. Al preguntarle a Yeshúa Sus discípulos sobre esta tradición, Él responde: “Elías a la verdad vendrá primero, y restaurará todas las cosas … Pero os digo que Elías ya vino” (Mr 9:11-13). En Mt 17:11-13 se añade que los discípulos comprendieron “que les había hablado de Juan el Bautista”. Si hacemos las conexiones correctas, el ministerio de Yojanán Hamat’bil estuvo dedicado a la shuvá ( שוב ), el volver, el arrepentimiento. Para volver el corazón de los padres hacia los hijos y viceversa hay que volverse al Di-s de Israel primeramente.

El mensaje de Yojanán era duro; hablaba del fin; de hacer frutos de arrepentimiento y no pensar que por pertenecer al linaje de Avraham (este mensaje ciertamente es para el pueblo judío, pero, en Yeshúa, se aplica, como dice Rav Shaúl en Ro 1:16 al final, “también al griego”. La gentilidad ha tomado para sí la promesa mesiánica de pertenecer a las naciones descendientes de Avraham, de tal manera que tienen la misma responsabilidad e intrusión en este mensaje de los días finales), entonces se salvarían de la ira de Di-s. La pertenencia a un grupo religioso o, de hecho, a una familia religiosa o practicante o creyente (como quiera que se le llame) no garantiza librarse de la ira de Di-s, pues existe un compromiso de fidelidad con Él a partir del poder en Su sangre para salvar.

En la parábola llamada “de los talentos” el siervo malo y negligente que se guardó la moneda por temor a perderla, dice al Amo de esa moneda: “te conocía que eres hombre duro” (Mt 25:24) y esta última palabra en griego quiere decir “insoportable”; “irresistible” porque nadie puede aguantar la dureza con la que ese “hombre” actúa en favor de sus bienes. Así la el fruto de lo que Di-s nos da, la santidad, ha de ser reclamado por el Amo.

La mishpajá o familia tiene la responsabilidad de preservar la santidad y transmitirla a la generación siguiente; esto es posible guardando el testimonio de Yeshúa. Por eso mismo, el versículo de Malaquías comienza diciendo “hará vover el corazón de los padres hacia los hijos” pues la responsabilidad de la santidad, del cariño, de la corrección y de la teshuvá (arrepentimiento) en sus casas comienza por los padres pero es recíproca con los hijos.

Niño yemenita enseñándose a orar en el Kotel.

Niño yemenita enseñándose a orar en el Kotel.

Todo esto está relacionado con la importancia íntima y exterior que tiene Di-s en la vida de los padres; el compromiso que guardan respecto de la salvación; si la corrección que ejercen es conforme a la Toráh; si son discípulos de Yeshúa. Éso es lo que se transmite en verdad, lo que día a día los hijos ven en sus padres. Por ello, insistimos, son los padres los que han de volverse a Di-s primero para que sus hijos se vuelvan a ellos. El padre de acuerdo a la Biblia tiene la responsabilidad de transmitir el testimonio del poder de Di-s, de qué condición lo sacó y por qué es lo que hoy es (Dt 6: 4-7 y 20-25.)

Conviene decir que esta profecía está ligada con el quinto mandamiento y que pertenece a los que cuidan la relación entre el hombre y Di-s: “honrarás a tu padre y a tu madre”. Quien no cumple el mandamiento se acorta a sí mismo la vida y quien maldice o hiere a sus padres morirá. De tal manera que la santidad es una cuestión que va de vuelta a los padres en los hijos.

Tal vez por eso la familia está en el renglón de las cosas por venir en cuanto al juicio. La santidad ha de residir en el corazón de los recuerdos personales, las expectativas, los modelos de correción, cariño y entrega a Di-s de alguien, junto a los fracasos, errores y debilidades de la carne, en un aprendizaje que busca no juzgar al otro, sino ser uno en el amor de Yeshúa.


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