Hijo de hombre, ¡qué tienes que estás dormido!

A R. Eliezer ben Úrkenos (o Irkanos) le preguntaron: ¿cuál es el mejor momento para arrepentirse? Él contestó esta pregunta que un alumno le hizo, diciendo: “El día de tu muerte”. Naturalmente, el alumno, intrigado, volvió a preguntar: Pero, ¿cómo sabré cuál es el último día de mi vida? Justamente por eso, porque no lo sabes –respondió el rabino–, debes hacerlo hoy.

¿Podríamos, pues, negar que hoy no es el último día de nuestra vida?

La urgencia a producir una vida cuyo fundamento es la vuelta a Dios (o el arrepentimiento) se halla, no en una aguda conciencia del sentido de la muerte, sino en la encarnación del fruto del arrepentimiento: el presente amor de Dios en perdonar al transgresor, y por lo tanto, dedicar una vida al agradecimiento.

Este es el sentido mayor del temor de Dios y del pecado, pues si se hacen las cosas por que resulta que uno ha concientizado la fugacidad de la vida, apenas ha atisbado los escalones hacia la plenitud. Dicha concientización es algo, de hecho, completamente natural. Desde Nezahualcóyotl poeta hasta Safo, pasando por el medieval Jorge Manrique y la Danza de la Muerte, así como por ser uno de los temas favoritos del Barroco hasta nuestros días, con innumerables ejemplos, el sentimiento de brevedad de la vida lo han pensado tanto creyentes como paganos y ateos desde siempre. No resulte extraño que un pagano o un ateo tengan casi los mismos sentimientos que un creyente un tanto desesperanzado cuando se enfrenta a la muerte.

No es la muerte el poder del arrepentimiento, sino el efecto que tiene sobre el corazón el peso de su propia soberbia y el reconocimiento de su propia maldad, es decir, un corazón destrozado por verse sinceramente a sí mismo.

¿Qué puede motivarnos a llegar a ese estado? Ciertamente, no algo exterior. Existen dos formas de llegar al arrepentimiento: mediante el temor a la muerte y la destrucción segura (el juicio de Dios) o la mirada íntima del que reconoce en la Palabra Divina, la Torá, sus faltas. Los dos aspectos pertenecen al mundo de la interioridad; el arrepentimiento, pues, no puede ser estimulado.

¿No es el primer canto de Selijot el que llama a despertar del estado abotargado de los sentidos y el corazón, que pretende continuar con un estilo de vida justo en su propia opinión? Las Selijot, dicho sea de paso, son rezadas desde el mes de Elul (según la tradición sefaradí) hasta Yom Kipur. Es significativo que esto represente una preparación para el día del juicio y el de la expiación (Rosh Hashaná y Yom Kipur, respectivamente). Buscando el rostro del Misericordioso para alcanzar el perdón en el día difícil.

La prudencia en esta acción de constante arrepentimiento tampoco puede ser estimulada simplemente porque la comunidad rece, o porque sea la fecha más propicia para ello (un momento que precede el juicio). Por ello, Yojanán hamatbil (Juan el bautista) dice a los numerosos fariseos y saduceos que se acercan a sumergirse por él en el Jordán: “¡Generación de víboras! ¿Quién les enseñó a huir de la ira venidera?” (Mt 3:7). Ellos bien sabían lo que estaba haciendo Yojanán en el río y sus palabras retumbaban fuertemente en sus corazones como para ignorar que el juicio severo se acercaba con la venida del Mesías.

A propósito, ¿por qué tenían que arrepentirse para la venida de Yeshúa? Porque sus corazones debían estar preparados, no solamente para reconocerlo, sino para aceptarlo. Y ese, precisamente, sería el juicio sobre sus corazones si no acogían Sus palabras.

Justamente, Yojanán hamatbil hablaba claramente con el lenguaje profético de los últimos tiempos (yomim ajaronim), y el temor no debió haber sido algo fortuito. Así, aquellos fariseos y saduceos eran más reprochables que el pueblo pecador (‘am haaretz), pues se encontraban más cerca de Dios debido a su estilo de vida y su religiosidad. Para todos ellos, el fin era inminente, y así como rezamos Selijot antes de Rosh Hashaná, así ellos buscaron arrepentirse antes de que el Mesías se hiciera manifiesto a Israel, sumergiéndose en el Jordán.

Por eso, así como Yojanán dijo a los hombres entregados a Dios –nos lo dice a nosotros hoy, en un momento anterior a nuestra muerte–, y como el piyut Ben Adam nos exhorta en nuestros rezos antes de Shajarit, no volvamos a Dios por temor al juicio, sino que despertemos: hagamos frutos dignos de arrepentimiento (Mt 3:8) diciendo conjuntamente:

¿Qué lamentación haremos y qué diremos: qué hablaremos, y con qué nos justificaremos? Buscaremos en nuestra conducta e investigaremos, y retornaremos a ti. (Ben Adam)

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