Él es nuestro kippur.

Entonces volvió Moshé a HaShem, y dijo: Te ruego, pues este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro, que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito.Y HaShem respondió a Moshé: Al que pecare contra mí, a éste raeré yo de mi libro.

Shemot 32:31-33

La respuesta de Di-s es al mismo tiempo maravillosa y terarible: el nombre del que está escrito en el Libro no ha de ser borrado excepto en el momento en que su transgresión lo lleve a ser raído. El acto de borrar, en su acepción hebrea (מָחָה), es “destruir la memoria o el nombre de cualquiera”.  Esto quiere decir que lo que Moisés pidió a Di-s es cargar con el pecado de Israel para que viniera sobre él el castigo que el pueblo merecía.

¿Es una petición justa? La respuesta de Di-s no deja entrever un especial cariño hacia Moisés, sino una ley: al que transgreda, a ése, su memoria será destruida”. Además, otro mensaje implícito es que entre seres humanos, uno no puede hacer que otro sea recordado delante de Di-s para vida. Esto lo confirmamos por las palabras del Salmo 49:7 (v. 8, en la versión hebrea): “Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano. Ni dar a Di-s su rescate”.

Vemos que Moisés no tenía la capacidad de intercambiar su mérito hacia alguien más para salvación (para evitar la destrucción).  Sin embargo, vemos una prefiguración mesiánica del papel redentor de un intercesor entre Israel y Di-s. Si Moisés, que era el hombre más manso sobre toda la tierra, no fue capaz de salvar a su pueblo (aunque sí interceder por él), ¿quién lo haría?

No es difícil darse cuenta que no hay poder humano para que esto suceda. El poder tendría que ser sobrehumano: este poder sólo lo tiene el Mesías que habría de venir; que vino, y llevó sobre sí las transgresiones de Israel y las naciones (Is 53:5), para no ser raídas del Libro de la vida; aquél que será abierto un día en los lugares celestiales.

El sacrificio de Yeshúa es suficiente para salvación (y para el verdadero discípulo es suficiente para mantenerse fiel en el Camino a pesar de las circunstancias, con todo y sus debilidades), y por ello, el arrepentimiento es esencial. ¿Cómo puede obrar el Salvador y la criatura no quiere ser salvada? El arrepentimiento va de la mano del libre albedrío.

Sólo Yeshúa pudo haber cumplido con ese papel. Él no puede ser inscrito, ni borrado, del libro de la vida, ya que Él es en Quien se inscriben los justos. La frase de R. Shaúl en 2Co 5:17, “todo aquél que está en el Mesías es una nueva creación”, connota que Él es el Lugar en quien se encuentran los que no han pecado. Asimismo, al decir el B’rit HaJadashá que Yeshúa es “el primogénito entre muchos hermanos” (Ro 8:29) o “el primogénito de entre los muertos” (Col 1:8 y Ap 1:5), significa que el poder de Di-s (guibor), la resurrección para vida eterna, sólo existe en Yeshúa.

Su forma humana, en un cuerpo mortal, precisaba de ser así para efectuarse el sacrificio expiatorio y salvífico para vida eterna. Por eso Él es nuestro kippur (1 Jn 2:2).

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