Dolores de parto

En Igueret HaRomim 8 encontramos un pasaje que compromete al creyente en su estilo de vida, con respecto a otro, que es la impronta de Di-s en una nueva criatura: el que vive conforme al Espíritu. Éste manifiesta a Di-s. Simple, pero de una diferencia con la vida común y corriente, que pondría los pelos de punta a cualquiera de nosotros de reflexionar un poco más en ello. Muy posiblemente por eso, R. Shaúl comenta que “las aflicciones del tiempo presente, no son comparables con la gloria venidera…” (v. 18).

Esta frase sirve de introducción a lo que se espera de nosotros, no sólo como creyentes, sino como talmidim (discípulos) – lo que es dar un paso más en el papel de creyentes -. La creación aguarda hasta que los hijos de Di-s se manifiesten. ¿Es esto algo presente o futuro? Ciertamente la creación espera ser ella misma renovada. La promesa de cielos nuevos y tierra nueva no es simplemente un escenario de una mejor condición para el ser humano, sino la completa restauración espiritual de todo después de haber adquirido una naturaleza corrupta.

A nosotros se nos encomienda vivir en este mundo conforme a las reglas de otro, sublime. Y eso está en relación estrecha con acomodarse o no a las ideologías propias de este mundo. Al mismo tiempo, también significa padecer. El sufrimiento es parte de la vida de un creyente, y obviamente, de un discípulo. Todo sufrimiento. Sin embargo, hay dolores que son especialmente estimados, como aquellos que son a causa del Nombre del Señor. Si sufrimos por estos, dice Yeshúa, entonces considerémonos felices.

Esta importante paradoja lleva a R. Shaúl a decir que “a los que aman a Di-s, todas las cosas les ayudan a bien” (v. 28), pues el sufrir es un requisito para el crecimiento espiritual. Esto contempla primeramente el dolor particular de ser rechazado por causa del Nombre (preferir la verdad a la mentira; la humildad a la soberbia; la misericordia a la indolencia; el amor a la venganza; la justicia a la perversión). Si no sufrimos especialmente por esta causa – si por el Nombre no somos perseguidos o despreciados por otros –, entonces hay que re-examinar la forma en que estamos llevando a cabo las cosas. Evidentemente, esto implica hacerlo con sabiduría, pero no por eso el sufrimiento por esta causa se evitará.

Hagamos lo que hagamos, o nos conducimos por la carne o por el Espíritu. Y ahí está la diferencia entre una vida de creyentes y no creyentes; de creyentes y discípulos. La creación es un testigo monumental de esta experiencia, pues ella misma desea ser redimida también. A veces no entendemos el alcance de este deseo y que cada uno de nosotros estamos íntimamente relacionados con él. Y es por eso que R. Shaúl habla de “dolores de parto” y “gemidos”, es decir, de los acontecimientos generados en la creación previos a la vuelta de Yeshúa, y hacia los cuales debemos una conducta intachable.

Esta preparación es el objetivo principal de una vida espiritual hoy. La corrección de los pasos en los que uno anda es alistarse para recibir al Señor cuando vuelva. A veces pensamos que resolver nuestros problemas inmediatos es nuestra prioridad, en cuanto que son problemas presentes, sin contemplar que esta misma resolución implica hacerlo en virtud de Su regreso. Es decir, el creyente vive para el regreso de Yeshúa, y esto significa volverse un discípulo, antes de que sea demasiado tarde.

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